1/21/2014
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Unos pocos gramos de la misma bastarían para matar a toda la población del planeta.

Hace poco más de un lustro, se publicaba en los Estados Unidos, el mapa completo del genoma de un nuevo organismo vivo. Se trataba, como no podía ser menos, de un nuevo espécimen de bacteria.

Pero no una cualquiera, porque el Clostridium botulinum es el ser vivo capaz de producir el veneno más letal jamás conocido. Unos pocos gramos de esta toxina botulínica, bastarían para acabar con toda la población del planeta.

De hecho, en el proceso realmente se producen siete toxinas diferentes, dependiendo del subtipo de bacteria que produzca la infección. Cinco de ellas, afectan directamente al ser humano, causándole la enfermedad denominada botulismo.

Estas toxinas botúlicas son un arma poderosa, que utiliza la bacteria cuando se introduce en un ambiente adecuado, como puede ser nuestro propio organismo. En el suelo, donde reside, y ante la falta de unas condiciones adecuadas, forma unas esporas que pueden permanecer por mucho tiempo, y que incluso sobreviven a la cocción a 100 grados de temperatura.

De ahí, que para evitar que estas permanezcan en las conservas, una de las vías más habituales de ingesta, las mismas deben ser sometidas a una temperatura aún mayor. Razón por la cual deben ser sometidas a una cocción con presión, en la que se logran alcanzar temperaturas por encima del nivel de la temperatura de la evaporación del agua a presión atmosférica.

La toxina es de tipo “H” e, igual que los demás agentes causantes del botulismo, bloquean por completo la liberación de la acetilcolina, el neurotransmisor que hace funcionar los músculos, causando una parálisis mortal en sus víctimas.

Sin embargo, constituye una rama separada en el árbol genealógico botulínico. La diferencia que tiene con sus análogos, aparte de ser extremadamente potente, es que no tiene antídoto alguno.

Durante sus experimentos con la sustancia detectada, los especialistas del Departamento de Salud Pública intentaron usar anticuerpos convencionales para los agentes botulínicos en un grupo de ratones, pero descubrieron que muy pocos de ellos interaccionaban con la sustancia y ninguno pudo proteger a los ratones.

Entonces, intentaron criar anticuerpos propios, en conejos. Estos anticuerpos sí pudieron proteger a los ratones de la toxina hasta un cierto grado, pero las dosis inyectadas debieron ser inadmisiblemente altas.

La falta del antídoto para ésta toxina es la razón por la cual su secuencia ADN está fuera de las bases públicas de datos. Motivo por el cual es la primera vez en la que una secuencia se clasifica por razones de seguridad.

Para publicar su estudio en The Journal of Infectious Diseases, los especialistas del Departamento de Salud tuvieron que recibir la aprobación del Departamento de Seguridad Nacional de EEUU, del laboratorio de enfermedades infecciosas del Ejército, del Centro de Control y Prevención de Enfermedades y varias otras agencias gubernamentales.

Las autoridades permitieron la publicación, pero solo con datos generales, sin que se mencionara la secuencia de genes. Publicar la secuencia sometería a la sociedad a un “riesgo inmediato e inusualmente grave”, sostiene David Relman, de la Universidad de Stanford, en sus comentarios para el artículo.

El género bacteriano Clostridium es bastante curioso, aparte de muy extendido. Otra especie bien conocida es la C. tetani, una bacteria que en condiciones anaeróbicas en una herida libera una toxina, la tetanospasmina, que contrae los músculos y puede llevar a la muerte por asfixia a la persona infectada. También está la C. perfringens, cuya toxina causa la necrosis de los tejidos donde se instala, en concreto de los músculos, destruyéndolos.

Poco antes se había dado a conocer la secuenciación completa del genoma del C. difficile. Una bacteria, que suele estar en la flora del intestino, y que aprovecha el momento en que un paciente está tratándose con antibióticos, de manera que la flora bacteriana disminuye para reproducirse más rápidamente que las otras bacterias, liberando varias toxinas capaces de destruir tejidos intestinales, causando diarrea. Comparando los diferentes genomas de estas especies, los responsables de la investigación, del Instituto Sanger de Inglaterra, que coordinaron el proyecto, encontraron que una importante porción de los genes son diferentes en cada una de ellas, sólo el 16% del genoma es común a todas. Lo que quiere decir, que existe mucha especialización en el funcionamiento de cada una de ellas.

Resultan ser unas complejas, pero diminutas armas. Una parte importante de su genoma, 110 genes de un total de 3700, sirven para controlar la formación de esporas, que les permiten una gran resistencia a cualquier entorno. Y otra le permite controlar la creación de las toxinas botúlicas, que afectan al funcionamiento neuronal, deteniéndolo. La capacidad de paralizar la transmisión nerviosa es usada, en dosis minúsculas, para reducir convulsiones y, en los últimos tiempos, para aspectos cosméticos. En efecto, el famoso Botox, que por lo demás es una marca registrada, es precisamente una de estas toxinas.

Por cierto, que el nombre específico de esta bacteria viene del latín “botulus”, que significa “salchicha”. Y es que cuando se describió por vez primera la enfermedad del botulismo, en 1870, se vio que se había producido al comer unas salchichas poco cocidas.

Los científicos están actualmente completando el genoma de unas 45 especies diferentes de bacterias patógenas, así como de 20 protozoos que producen enfermedades. Evidentemente, con el conocimiento íntimo de cómo producen los venenos a partir de su programación genética, se intenta poder avanzar tanto en terapias como en aspectos que puedan ayudar a la prevención de estas enfermedades.

Parece a veces que estos adelantos quedan muy lejos de las preocupaciones de la gente de la calle, pero poco a poco están cambiando la medicina. Ojalá el camino pudiera ser menos complicado y la atención de las empresas, además de los institutos públicos, se centrara especialmente en las enfermedades más olvidadas, las que afectan al mundo pobre, como la malaria, el mal de Chagas o el sida, entre otros.




Fuente: http://www.ay-va.pareymedia.com/news/health/noticia-una-toxina-que-podria-cargarse-la-humanidad.html
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