10/18/2013
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Tao Xiangli es un inventor que ha demostrado que trabajando duro podemos lograr nuestros sueños y todo aquello que queramos proponernos. Este joven chino ha construido en su pequeño piso de alquiler en Beijing un sorprendente robot que se mueve igual que un humano. Para ello, ha sacrificado su tiempo y el poquísimo dinero que le sobra para conseguir su objetivo: llegar a comercializar sus inventos y contribuir con ellos a la sociedad.

Desde 2010 ha estado trabajando en un robot humanoide construido con piezas que encuentra durante su trabajo de día y otras que tiene que comprar. Mide dos metros de alto, entre 80 y 90 cm de ancho y pesa 250 kilos. Lleva más de 100 motores y entre 100 y 200 interruptores. Tiene entre 3.000 y 4.000 conexiones de cables. Una auténtica locura electrónica.
Y, además, todas las partes del robot están unidas mediante tornillos, no hay un solo elemento soldado.

Ha sido un trabajo muy laborioso, solo el montaje le ha llevado un año, pero necesitó más tiempo para reunir las piezas y el dinero. “Tenía que dejar el proyecto en espera cada vez que me quedaba sin dinero. Me ha costando mucho, económicamente hablando. Llevo gastados unos 300.000 yuanes (unos 36.000 euros)”.


El robot está hecho a todo detalle: pestañea, habla, mueve la cabeza en todas direcciones y puede darte la mano, todo funciona mediante sensores y a control remoto. “Es exactamente como un apretón de manos humano”, cuenta su creador.

A Beijing en busca de su sueño

Tao Xiangli nació en una familia de carpinteros, en una aldea rural. Andaban justos de dinero, de modo que no derrochaban ni un yuan. Su familia trabajó duro para sacar adelante a cuatro hijos.
A los 11 años dejó el colegio porque no pasó el examen de graduación; y a los 16-17 años se mudó a Beijing y trabajó muy duro para salir adelante. “Fue duro, pero me juré que haría lo que otros no pueden. Yo lograría mis sueños”.

Tao ha tenido diversos trabajos: vendedor de fruta, diseñador de interiores, construcción… pero su mente siempre estaba puesta en los aviones y los submarinos, que le apasionan desde niño; y descubrió que no le gustaba ninguno de los trabajos que había hecho hasta el momento. Vio que estaba en una edad en la que debía empezar a hacer cosas que realmente le gustasen, y en 2005 se puso a inventar cosas. “Siempre quise ser un inventor”.

Pero como trabajador emigrante que era, andaba justo de dinero y apenas sacaba lo justo para vivir, por lo que no le sobraba nada para gastar en sus invenciones.


Su primera creación fue un submarino con lo que logró que su nombre empezara a escucharse. “Quería inventar algo que tuviese impacto”. No era un submarino elegante, pero funcionaba. “Algunas personas estaban preocupadas porque pensaban que mi iba a ahogar. Fue un gran reto”. Esa experiencia le sirvió para afrontar un nuevo desafío: crear un robot.

Tao está casado y tiene un hijo de dos años, pero no puede permitirse tenerlos con él en Beijing, así que los llevó a vivir con sus padres. “Estuvimos juntos una temporada, pero era muy caro. Supongo que podría encontrar cualquier trabajo, pero no quiero. Ahora es tiempo de ser paciente para centrarme en esto”.


La felicidad es hacer lo que te gusta

Tao está convencido en que la verdadera felicidad radica en ser capaz de hacer algo que te gusta. “Y soy feliz. Seguiré haciendo lo que me gusta, da igual lo difícil que sea, el tiempo que me lleve o las críticas que reciba”.

Sin embargo, no siempre resulta fácil mantener ese espíritu optimista en lo más alto. “La sociedad piensa que la gente como yo está loca, que estamos mal. Lo peor es cuando la gente me trata como un timador. Me da igual que me entiendan o no, pero ese maltrato mental es difícil de llevar”.

Tao quiere demostrar que puede lograr algo grande, incluso sin haber terminado la educación primaria. “Muchos académicos solo hablan. Muy poca gente actúa. No hay mucha gente dispuesta a tomar nuevos retos, solo se preocupan de estudiar y nadie sale a hacer nada. Estudian por estudiar o para hacer sus vidas más fáciles. Pero si no aplicas lo estudiado, no sirve de nada. Todo eso para mí es raro”.

Este joven inventor sigue con su trabajo en su pequeño piso del alquiler de la capital china, entre piezas y cables, viviendo de préstamos, con su familia lejos, pero haciendo lo que ama. “No estoy solo, porque estoy haciendo lo que me gusta. He desarrollado una afinidad con los robots, sobre todo porque los humanos no me comprenden”.




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