4/20/2013
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Las Fuerzas Armadas de EEUU obtendrán próximamente una nueva superarma. Algunos expertos ven en ello el afán de apuntalar el estatus de superpotencia en la nueva espiral del progreso técnico-científico.

Se trata del láser de combate en estado sólido que, según la prensa, puede quemar objetivos “como una lámpara de soldar”. Ya en 2014 aparecerá en uno de los buques de guerra norteamericanos en el golfo Pérsico, dos años antes de lo planificado, merced a la intensificación de las investigaciones científicas y trabajos de diseño. La nueva arma puede abatir vehículos aéreos no tripulados (drones) y lanchas de combate. Por ahora le falta potencia para los aviones y misiles supersónicos en el tramo final de la trayectoria. Pero esto es cuestión de tiempo.

Lo más importante es que la nueva arma energética tiene, según la prensa, una “carga” prácticamente interminable. Otra cualidad importante consiste en que su explotación resulta económica. Un disparo de cañón láser sale menos de un dólar. A título de comparación diremos que el lanzamiento de un misil interceptor de corto radio de acción cuesta cerca de un millón y medio de dólares.

Pero, sea como sea, la nueva superarma también tiene sus deficiencias. La lluvia, la niebla, el polvo y la arena disminuyen su eficacia de combate. Cabe reconocer que para estos casos los norteamericanos están instrumentando un sistema óptico adaptable. El prototipo del sistema estaba destinado a ser aplicado en telescopios. En calidad de elemento básico se usaba un espejo capaz de variar los indicadores de su curvatura hasta seiscientos setenta veces por segundo. Pues todo parece indicar que los norteamericanos, incluso con mal tiempo, podrán elevar la eficacia de tipo a un nivel admisible.

El láser presenta asimismo algunas insuficiencias sistémicas imposibles de corregir. Puede impactar solo en objetivos visibles. Si el objetivo se encuentra detrás de la línea del horizonte o está detrás de otros objetos se vuelve inalcanzable para el cañón láser. En lo que se refiere a los objetos voladores, por ejemplo los drones, la superficie reflectante puede protegerlos. De todos modos, el nuevo cañón láser representa en sí un arma temible y despiadada. Se ve que los norteamericanos se sienten orgullosos con el trabajo realizado y cifran grandes esperanzar en la nueva arma.

El quid de la cuestión reside en que EEUU debe mantener el estatus de superpotencia, aventajando a los rivales geopolíticos en el área técnico-militar. Los norteamericanos necesitan un impulso, deben tomar la delantera como cuando lo hicieron con la bomba atómica. Hoy el arma atómica dejó de ser acogida como algo inalcanzable. Desde luego que por ahora no todos, ni mucho menos, la poseen. Pero ya no se puede hablar de exclusividad. Es más, no solo los norteamericanos están perdiendo el monopolio del arma nuclear, sino también todos los demás miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, que cierta vez decidieron limitar una posible competencia aprobando el Tratado de No Proliferación. El régimen de no proliferación se está disolviendo paulatinamente, pese a todos los esfuerzos que se hacen para frenar ese proceso. Y los principales actores, que aún pretenden el dominio mundial, experimentan una preocupación comprensible.

Es importante comprender que no hay superpotencia sin superarma. La fuerza militar, que se diferencia sustancialmente de la fuerza militar de otros estados, es uno de los cuatro elementos importantes que determinan la exclusividad del estado en la palestra internacional. Los otros tres elementos de la superpotencia son la autoridad político-ideológica a escala mundial, el alto potencial económico y las ambiciones expansionistas globales, que los norteamericanos tienen en cierto grado. Ahora todo depende de la posesión del nuevo y temible garrote, que permite promover los intereses propios mucho más que todos los subterfugios diplomáticos.

Suele decirse que con buenas palabras y una pistola se pueden lograr muchas más cosas que simplemente con buenas palabras. El más fuerte es el que tiene la razón. Y siempre fue así. El ejemplo más brillante lo tenemos en el Imperio Romano de los siglos I y II d. C. Se alzaba por encima del resto del mundo prácticamente en todos los índices que caracterizan el poderío nacional. A la vez, Roma se guiaba por la misión de superpotencia – civilizar a los pueblos colindantes a su imagen y semejanza.

A lo largo de los últimos 1700 años más de una vez surgieron potencias muy adelantadas a otras por su poderío, escribe el Doctor en Ciencias Políticas, Nikolái Spasski. El Imperio carolingio y los califatos árabes en tiempos de los primeros califas, los imperios de Gengis Kan y de Timur, el Imperio de Carlos V, en Turquía Mehmet el Conquistador y Suleimán el Magnífico. No obstante y dicho con rigor, ninguno de ellos poseía el conjunto necesario de los signos de superpotencia. Siempre algo faltaba, ya sea el ímpetu conquistador, o una base económica suficiente, o una ideología articulada. La máquina estatal no estaba orquestada, sin ella no puede haber una verdadera superpotencia. El poderío y la furia del ímpetu se sostenían exclusivamente en la personalidad del conquistador. La misión pacífica se reducía a la destrucción, sin el mínimo de creatividad.

Hoy todos los signos de superpotencia los detectamos en EEUU. Lo único que le queda por crear es la nueva superarma, cuya propia existencia pondría a los oponentes potenciales de EEUU en la situación del Imperio azteca, poblado por más de quince millones de personas, contra los quinientos degolladores de Hernán Cortés armados con arcabuces. El arcabuz es cien veces más mortífero que la lanza, la ametralladora, que el fusil de chispa, y el acorazado con máquina de vapor supera a la galera, ya sea con cien o con mil esclavos remando.

Sin duda alguna, el efecto de la desigualdad técnica y entre las civilizaciones en semejantes enfrentamientos funciona con una eficacia asombrosa. A ello se debe el actual afán de los norteamericanos de adelantarse lo más pronto y lo más lejos posible en la carrera de las tecnologías militares y en su aplicación práctica. El observador Víctor Litovkin, dice:
—El arma nuclear aún durante mucho tiempo seguirá presente. Pero ya está cerca el tiempo del arma láser, de rayos, el arma radiológica (que hoy se introduce cada vez más activamente), los sistemas de lucha radioelectrónica, que dejan fuera de servicio a los sistemas de espionaje, de navegación, de indicación de blanco. Y sin estos sistemas las guerras modernas son hoy imposibles. Ahora ya no se trata de los vehículos blindados, del hierro, sino de que todo ese hierro no puede desplazarse, porque los motores están neutralizados, porque se trabó el cerrojo del cañón, los dispositivos ópticos no funcionan, los aviones no pueden volar, etc. A esto le pertenece el futuro, en primer lugar.

Por lo demás, diez años atrás el destacado político ruso Evgueni Primakov predijo el fin de la época de las superpotencias. El propio concepto de “superpotencia”, en opinión del político, siendo una categoría de la época de la guerra fría, se determinaba no solo con índice cuantitativos, sino también cualitativos. La superpotencia aunaba a su alrededor a un conglomerado de estados, les garantizaba la seguridad en rigurosa confrontación con el bloque enemigo. Precisamente las garantía de seguridad a otros estados le permitía dominar en la aprobación de las resoluciones, a las que estaban obligados a someterse los miembros de la alianza. Ahora el panorama ha cambiado. La ausencia de una confrontación global excluye la necesidad, por ejemplo, de la “sombrilla nuclear”, que EEUU y la URSS “abrían” sobre sus aliados y socios.

Otro testimonio del fin de la época de las superpotencias, según Evgueni Primakov, es el hecho de que al término de la guerra fría el mundo comenzó a desarrollarse en dirección de una estructura multipolar. Esta conclusión puede ser demostrada con una serie de ejemplos. Uno de ellos es la Unión Europea, que se está convirtiendo en uno de los centros de fuerza comparables con EEUU. ¿Quién puede afirmar que China, cuya economía se está desarrollando impetuosamente, será parte del mundo unipolar y sumisamente estará a la cola de los hechos que se determinan desde un centro? Esto mismo tiene que ver con Rusia, la India y Japón.

Claro está que el establecimiento de la multipolaridad avanza con dificultades y requerirá mucho tiempo, pero tal es precisamente el vector principal del desarrollo. Y no cambiará solo porque algunos están seguros que el mejor modelo de formación del mundo es aquel en que todo lo dirige EEUU. La afirmación de que cualquier acción de EEUU es un bien para la humanidad es muy cuestionable, concluye Evgueni Primakov.

Pero si seguimos reflexionando en términos de “superpotencia”, habrá que aceptar el hecho de que cada pretendiente a ese estatus puede tener su propia superarma. Y la respuesta no siempre puede ser simétrica. Lo importante es responder a la pregunta ¿en qué reside tu fuerza? Para unos es el láser de combate, para otros los recursos energéticos. Por ejemplo, la fuerza de Rusia consiste en que es el proveedor principal de hidrocarburos al mercado mundial. Por consiguiente, en caso de que lo desee puede ser perfectamente una potencia energética, porque cualquier láser de combate, por más eficaz que sea, no reducirá el déficit de calor en invierno.

 Otra cosa diferente es que Rusia, en general, no está ligada a pujar por el estatus de superpotencia, si bien las características geográficas, y el potencial técnico-militar y cultural la colocan por encima del nivel general. Sin duda, Rusia no es, ni mucho menos, un Estado regional, sino mundial. Pero estar en el proscenio geopolítico y ser una superpotencia son cosas diferentes. Lo primero es la cooperación multivectorial y la seguridad en la fiabilidad de los socios; y lo segundo es la soledad del señor feudal y del miedo ante los vasallos, que, en todo caso, no hay que perder del campo de visión. Al parecer, EEUU, para bien propio, debe optar por la primera variante, garantizándose de esa manera un desarrollo estable. Y sin láseres de combate y otras superarmas el mundo será más tranquilo.


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