4/14/2013
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Todos los logros que ha alcanzado el genio inventivo de la humanidad a 
lo largo de los últimos cien años nos habrían permitido vivir en un estado 
de despreocupada felicidad si la capacidad organizativa del hombre 
hubiera corrido paralela a los avances técnicos. Dado el estado de las 
cosas, los cuestionables logros obtenidos por nuestra generación en la 
era  de las máquinas son tan peligrosos como una cuchilla de afeitar en 
manos de un niño de tres años. La posesión de unos medios de producción 
extraordinarios no ha aportado libertad, sino preocupaciones y hambrunas.

Lo peor de todo es el desarrollo técnico que posibilita los medios para la
destrucción de la vida humana, y los productos de laboratorio creados con
tanto esfuerzo. Los que contamos con más años ya pasamos por aquello,
muertos de miedo, en la Guerra Mundial. Pero la inútil servidumbre a la
que la guerra ha arrastrado a las personas se me antoja aún peor. ¿No es
terrible que la comunidad nos obligue a efectuar acciones que cualquier
persona consideraría los delitos más terribles? Muy pocos tienen
suficiente altura moral para resistirse; a mis ojos, son los verdaderos
héroes de la Guerra Mundial.

Pero queda un rayo de esperanza. Tengo la impresión de que los dirigentes
más responsables de los distintos países, en general, tienen la sincera
intención de acabar con la guerra. La oposición a este avance, cuya
necesidad es incuestionable, se encuentra en las desafortunadas
tradiciones que se transmiten de generación en generación, como una
enfermedad hereditaria, a causa de nuestro defectuoso aparato educativo.

Ni que decir tiene que esta tradición se sustenta principalmente en la
formación militar y en las grandes industrias. No puede haber una paz
duradera sin desarme; por el contrario, la prolongación del armamento
militar, como se entiende actualmente, conducirá sin lugar a dudas a
nuevas catástrofes.

De ahí que la convención sobre el desarme que se celebrará en Ginebra en
1932 vaya a ser decisiva para la generación actual y la venidera. Si
pensamos en los lamentables resultados obtenidos en las convenciones
internacionales celebradas hasta el momento, salta a la luz que todos los
seres humanos conscientes y responsables deben ejercer una y otra vez
todas sus facultades con el fin de informar a la opinión pública sobre la
importancia de la convención de 1932. Los hombres de estado sólo pueden
alcanzar su importante meta si logran inculcar la voluntad de alcanzar la
paz en una gran mayoría de la población de sus países. Todos los seres
humanos, con todas sus acciones y todas sus palabras, comparten la
responsabilidad de consolidar esta opinión pública a favor del desarme.

La convención estaría abocada al fracaso si los delegados llegaran a
Ginebra con instrucciones e intenciones prefijadas, cuya obtención se
convirtiera de repente un asunto de prestigio nacional. Esto es lo que
parece primar siempre que se reúnen los dirigentes de dos estados;
últimamente hemos presenciado varios ejemplos, ya que siempre que se
reúnen dos estadistas, el debate sobre el desarme se utiliza para allanar
el terreno de la convención.

Este procedimiento me parece muy afortunado, ya que, por lo general, dos
personas, o dos grupos, se suelen comportar de
la forma más sensata, honrada y desapasionada si no hablan para un tercero
al que consideren que deben tener en cuenta o contentar en sus
parlamentos. No podemos esperar sino que esta importantísima convención
tome un derrotero favorable, siempre que se haya preparado exhaustivamente
con reuniones previas para eliminar la posibilidad de sorpresas, y siempre
que se ejerza la buena voluntad para crear eficazmente una atmósfera de
confianza mutua.

El éxito en asuntos de semejante magnitud no es cuestión de inteligencia,
ni siquiera de habilidad, sino de comportamiento honrado y confianza
recíproca. A este respecto, no se puede sustituir la moral por el
intelecto; me atrevería a decir que menos mal.

La tarea de las personas que vivimos en estos tiempos cruciales no
consiste únicamente en esperar a los resultados y criticarlos; debemos
aportar a esta gran causa todo lo que podamos. Porque el destino de la
humanidad será el que, verdaderamente, nos hayamos ganado y merecido.

Albert Einstein
Berlín, 4 de septiembre de 1931
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