3/06/2013
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El consumo de alimentos seguros y saludables hace años que preocupa no solo a los consumidores, sino también a los altos dirigentes de Europa.

El último escándalo con el etiquetado incorrecto de productos de carne de vacuno, en los cuales se detectaron trazas de carne de caballo, una vez más obliga a replantearse cuán seguro es el control para garantizar alimentos seguros en Europa.

Este no ha sido el único caso donde se ha detectado elementos dañinos en la comida. Recordemos, aunque solo sea, el caso de los pepinos, cultivados en España, en los que, en la primavera del año 2011, se encontró una cepa de Escherichia coli enterohemorrágica (EHEC) que provocó una oleada de enfermedades gástricas en una serie de países de la UE, incluso con desenlaces fatales. Países considerados muy prósperos, como Alemania, Francia, Suecia, Países Bajos y otros, estuvieron en el epicentro de la epidemia. Todos estos sucesos ponen sobre el tapete el problema de la confianza en los productos de alimentación en Europa.

El refrán “somos lo que comemos”, en plena medida también se refiere a los animales que forman parte de la dieta de los humanos. Así, no hace mucho, en la Baja Sajonia se detectaron decenas de miles de toneladas de pienso tóxico de maíz destinado al ganado, el cual, presumiblemente, había sido recibido desde Serbia, y hace solo unos días, la delegación de la unión europea en Serbia declaró que una de las condiciones para la eurointegración de Serbia será que la aflatoxina en la leche no supere el nivel de 0,05. La aflatoxina es, efectivamente, un carcinogénico muy fuerte, pero solo en altas concentraciones. En el resto del mundo, incluidos Rusia y EEUU, todavía se permite la concentración de 0,5; la cual sería absolutamente segura para el consumo. Entonces ¿es que la UE hace el control más estricto que nadie? Le planteamos esta pregunta al director del Instituto de Higiene y Tecnología de la carne de Belgrado, Vesne Matekalo-Sverak:
—Esto ocurre por razones políticas y económicas, Bruselas quiere defenderse de la importación, sobre todo, de maíz americano, en el cual hay un elevado nivel de aflatoxina. Esta sustancia después se transfiere al ganado doméstico y llega a la leche con una concentración mayor que las permitidas por las normas europeas. Nuestra comida es segura y se haya bajo un permanente control, que ha aumentado en más de veinte veces, lógicamente se aplica lo mismo para la leche de las granjas serbias.

El presidente de la Confederación Internacional de Agrupaciones de Consumidores, Dmitri Yanin, mientras tanto, no ve grandes problemas para los consumidores europeos en los recientes escándalos:
—Yo me siento tranquilo con respecto a estos escándalos. Y el hecho de que cada caso viene acompañado de una retirada masiva de productos del mercado, nos da la confianza que en esta región, después del caso severo relacionado con las vacas locas de hace seis años, el sistema funciona bastante bien. La producción dudosa se retira de los estantes, se destruye. Esto es absolutamente normal y no debe asustar a nadie. Yo mantengo el criterio que la detección de productos que no corresponden con las exigencias de las directivas europeas nos refuerza en el convencimiento de que el sistema existe y funciona. Si casos como este no existieran, entonces no se entendería como Europa se gasta tanto dinero en uno de los laboratorios mejor equipados del mundo para estas investigaciones.

Cabe señalar que la historia de la legislación sobre la seguridad en los productos alimenticios en Europa no tiene más de diez años. En todo este tiempo la UE ha logrado resultados significativos. En el año 2002, el Parlamento Europeo aprobó, y la Comisión Europea ratificó los Principios Generales y Exigencias relativos a las leyes de productos alimenticios (General Principles and Requirements of Food Law). En el año 2006 entraron en vigor los siguientes reglamentos: para la producción agroalimentaria y la carne, para la organización del control de su producción, para el control del límite de aditivos microbiológicos y para el control del límite de sustancias nocivas en productos alimenticios. En general, todas las etapas y aspectos de la producción de comida están previstos en las directivas de la Comisión Europea, incluyendo las altas exigencias al etiquetado y la exacta declaración de todos los elementos que contienen los productos.

Otro detalle interesante, visto desde la preocupación constante por la salud de las personas, es que las autoridades oficiales se preocupan sobre temas que, a primera vista, parecen no significativos, como podrían ser la forma de los plátanos, pepinos, tomates y otros productos agroalimentarios. Este comportamiento conlleva, claramente, a que los estantes de los mercados estén repletos de productos “preciosos”, pero por otro lado, implica, por lo menos, el aumento de su precio. Y entonces es que surge otro problema, anualmente en el mundo se desperdicia una ingente cantidad de productos alimentarios.

Solo en la UE, anualmente se desperdician hasta noventa millones de toneladas de comida en las diferentes etapas de la cadena alimenticia. En total, en todo el mundo, según los datos de la FAO, la comida que se pierde llega hasta mil trescientos millones de toneladas anuales, o lo que es lo mismo, un 30 % de todo lo que se produce en el mundo. Las pérdidas en los países desarrollados son similares a las que ocurren en los países del tercer mundo. La diferencia está en que en los países subdesarrollados las mayores pérdidas son en la etapa de recogida de la cosecha y en los países desarrollados las pérdidas más significativas son en los supermercados y en el consumidor final. La culpa de esto no es solo de la “forma inadecuada” del producto, sino también del control estricto de la fecha de caducidad del producto. Carne, verduras, frutas, pan y productos de limpieza terminan en los basureros al llegar la fecha de caducidad establecida.

Este alto porcentaje de pérdidas, en un escenario de aumento de los precios, ha llevado concretamente a la aparición de un fenómeno como el freeganism, el consumo de alimentos encontrados en la basura. Dmitri Yanin ve la solución del problema de esta manera:
—Yo creo que en este tema podrían ayudar algunos programas educativos, los cuales enseñarían como comprar más racionalmente los alimentos. Otro aspecto es que, por ejemplo, en Reino Unido, la comida no es un producto caro. La mayoría de los residuos están relacionados con que la comida es un producto muy asequible, lo cual no es así ni en África, ni en muchos países de Asia, donde la gente consume prácticamente todo lo que compran. Por esta razón, yo pienso que los programas educativos y el encarecimiento de la comida inevitablemente conllevarán a un uso más racional de los recursos del planeta.

A algunos de los “freeganistas”, los lleva a buscar comida la necesidad, aunque existen partidarios ideológicos de este método de “encontrar” comida. El uso de productos ecológicamente limpios puede ser considerado el lado contrario de este fenómeno. Cada día son más populares en Europa los productos cultivados de forma natural, sin usar aditivos, ni organismos genéticamente modificados (OGM). Por supuesto, estos productos costarán mucho más, pero garantizan el mayor beneficio para las personas.

 Por supuesto, la compra de bio-alimentos y comida orgánica no es solo una preocupación por la propia salud o la salud de nuestros nietos o bisnietos, sino también es la preocupación sobre la naturaleza, este tipo de producción es más “suave” con ella y permite economizar agua y productos químicos, concluye Dmitri Yanin.

Aunque la mayoría de los expertos elogian el sistema de control de la calidad de los productos de alimentación en la Unión Europea, los consumidores habituales, en gran mayoría, son escépticos hacia la calidad de la comida que compran. Mientras, los eurócratas en Bruselas aplican medidas paliativas, sin trabajar para prevenir los posibles obstáculos en el camino hacia una sociedad de bienestar general, la cual, tal vez, no llegue aún en un futuro cercano.


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