3/07/2013
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La predicción del futuro ya no es motivo exclusivamente de celebración sino que, lamentablemente, también emerge como una amenaza puntual para el bienestar de la sociedad contemporánea.

Desde hace tiempo sabemos que en la actualidad generamos, cada uno de nosotros, una cantidad inimaginable de información. Prácticamente cada acción que llevamos a cabo queda registrada –ya sea en nuestra computadora, nuestro teléfono móvil, las bases de datos de las tarjetas bancarias, etc–. A través del diseño de algoritmos que permitan procesar eficazmente esta data, se pueden determinar con tenebrosa precisión, patrones de comportamiento, inercias conductuales, gustos, relaciones sociales, e incluso las futuras acciones de una persona.

Desafortunadamente los primeros en acceder a dichos algoritmos son gobiernos y corporaciones que aprovechan las mieles del análisis de información para alimentar sus respectivas agendas. Sin embargo, desde una perspectiva neutral, debemos aceptar que el fenómeno en sí es completamente fascinante. La posibilidad de completar, a partir de un ensamble de porciones de data, una secuencia de sucesos, incluyendo aquellos que aún no suceden, materializa en cierta medida un añejo sueño de la humanidad: predecir el futuro.

Recientemente The Economist publicó un artículo donde se menciona el trabajo del físico Chaoming Song, autor de un modelo matemático que predice tu ubicación futura a partir de la actividad que realizas en tu teléfono móvil y tu actividad en la Red. El trabajo de este investigador de la Universidad del Noreste, en Boston, parte de la ciencia exacta para explicar dinámicas socioculturales, y en este caso su esfuerzo le ha llevado a diseñar este algoritmo que raramente baja de un increíble promedio de 80% de efectividad –el experimento incluyó cincuenta mil casos–. El modelo de Song lleva a cabo una integración matemática de la actividad en-línea que realiza una persona a través de su móvil y predice, con un 93% de precisión, en que sitio se encuentra esta –mismo ejercicio que permitiría determinar su próxima ubicación–.

Mapear la movilidad futura de una sociedad a partir de su actividad digital representa solo una manifestación más de lo que la algoritmización de la realidad contemporánea puede proveer. El análisis matemático de la social data podría pronto resultar en una habilidad predictiva que evidentemente, como mencionamos antes, denota un doble filo. Por ejemplo, hace casi dos años reseñábamos los servicios de una oscura agencia, cuyo principal inversionista es la CIA, dedicada al pronóstico futurista a través del análisis noticioso,Recorded Future. Por otro lado tenemos compañías que, como los mayores depositarios de data social que existen, y me refiero particularmente a Google y Facebook, aprovechan la velocidad de sus algoritmos para procesar información, ante la ‘lentitud’ de nuestras mentes, para explotar sus servicios publicitarios. Además, analizando los bits de comportamiento que les entregamos de forma gratuita y en muchos casos inconsciente a estas compañías, agencias de investigación comercial que adquieren de ellos estas bases de datos pueden predecir futuros patrones de consumo.

Resulta curioso como la potencial consumación de esa épica misión humana por predecir el futuro debe hoy considerarse más como un peligro que como una razón para celebrar. El logro es ciertamente estimulante, pero no deja de ser perturbador el hecho de que lo más probable es que, al menos en un principio, esta tecnología ‘pisco-social’ vaya a reforzar intereses que poco tienen que ver con un bienestar compartido. Pero en todo caso, y más allá de lamentarnos, parece que es buen momento para imaginar posibles usos benéficos alrededor de estos hasta ahora amenazantes algoritmos. Y mientras esto último ocurre, al menos creo que debiésemos ocuparnos en entender cómo funciona este nuevo tablero de juego y, sobretodo, hacer consciente lo que sucede detrás de los sexy gadgets que acompañan nuestra vida cotidiana.


 @paradoxeparadis / Javier Barros del Villar
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