2/13/2013
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El ejército estadounidense es responsable de la contaminación más atroz y extendida del planeta. Aun así, esta información y los documentos que la acreditan prácticamente no se publican. A pesar de las evidencias, el impacto del ejército estadounidense sobre el medioambiente para nada es un tema tratado por las organizaciones medioambientalistas; tampoco fue el centro de ninguna de las discusiones o de las propuestas de restricciones en las ultimas Conferencias sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas.

Este impacto incluye el uso indiscriminado de combustibles fósiles, gran producción de gases de efecto invernadero y una gigantesca emisión de contaminantes radiactivos y químicos en el aire, agua y suelo.
Las extensas operaciones militares globales de EEUU (guerras, intervenciones y operaciones secretas, más de 1,000 bases en todo el mundo y 6,000 instalaciones en EEUU) están exentas de limitaciones para el vertido de gases de efecto invernadero. La investigadora política Sara Flounders escribió: «De cualquier forma que se mida, el Pentágono es el más grande consumidor de productos petroleros y de energía en general. Aun así, el Pentágono sale totalmente exonerado en todos los acuerdos internacionales sobre el clima».

Mientras los informes oficiales de EEUU reportan el uso militar de 320,000 barriles diarios de petróleo (50,9 millones de litros), ésa cantidad no incluye el combustible consumido por los contratistas, o en instalaciones arrendadas o privadas, o en la producción de armas.
El aparato militar de EEUU es el principal generador de dióxido de carbono, un gas de efecto invernadero que la mayoría de los científicos consideran responsable de provocar del cambio climático. Steve Kretzmann, director de Oil Change International, informó que «la guerra de Iraq fue responsable de por lo menos el equivalente a 141 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono (MMTCO2e) desde marzo de 2003 a diciembre de 2007. (…) Esa guerra emite más del 60 por ciento de lo que el resto de los países… A esta información no se puede acceder con facilidad, pues las emisiones del ejército en el extranjero están exentas de incluirse en el reporte nacional bajo la ley estadounidense y la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático».
De acuerdo con Barry Sanders, autor del libro The Green Zone: The Environmental Costs of Militarism (La zona verde: costos medioambientales del militarismo): «la más grande agresión contra el medioambiente, contra todos nosotros alrededor del mundo, proviene de una sola agencia: las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos».
A través de una larga historia de preparativos militares, acciones y guerras, el militarismo de EEUU no ha sido señalado como responsable de los efectos de sus actividades sobre el medioambiente, las personas o los animales. Durante las negociaciones de los Acuerdos de Kyoto, en diciembre de 1997, EEUU exigió como condición para su firma esta exenta de límites o reducciones para todas sus operaciones militares por todo el mundo, incluyendo acciones con participación de la ONU y la OTAN.
Después de lograr esta concesión, la administración Bush rechazó firmar los acuerdos y el Congreso de EEUU aprobó una disposición explícita que garantizaba que el ejército de EEUU no estaría limitado por reducciones o limitaciones para el uso de la energía.
Los informes de la periodista especializada en temas medioambientales Johanna Peace divulgaron que las actividades militares continuarán estando exentas, al contar con el apoyo de un decreto firmado por el presidente Barack Obama que pide reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero antes de 2020 a otras agencias federales. Peace aseguró que «El ejército es responsable del 80 por ciento de la demanda de energía del gobierno federal».
Tal como están las cosas, el Departamento de Defensa es el contaminador más grande del mundo, produciendo desechos más peligrosos que las cinco más grandes compañías químicas de EEUU juntas. Uranio empobrecido, petróleo, combustibles, pesticidas, agentes defoliantes –como el Agente Naranja–, plomo y grandes cantidades de radiación derivadas de la producción, prueba y uso de armas, son solo algunos de los agentes contaminantes con los cuales el ejército estadounidense está contaminando el medio ambiente. Flounders identifica algunos ejemplos claves:
Uranio empobrecido: decenas de miles de libras de micropartículas de residuos radioactivos y altamente tóxicos contaminan el Medio Oriente, Asia Central y los Balcanes.
Las minas terrestres y las bombas de racimo de fabricación estadounidense diseminadas en grandes áreas de África, Asia, Latinoamérica y el Medio Oriente continúan provocando muerte y destrucción, incluso después del fin de las guerras.
Treinta y cinco años después de la Guerra en Vietnam, la contaminación por dioxina es tres a cuatro veces más alta que los niveles «seguros», trayendo como consecuencia severos defectos de nacimiento y cáncer que llegan hasta la tercera generación de las personas afectadas.
Las políticas militares estadounidense y la guerra en Irak han provocado severos niveles de desertificación en el 90% de las tierras de este país, antiguo exportador de alimentos convirtiéndolo en un importador del 80% de sus productos alimenticios.
En los EEUU, las bases militares encabezan la lista Superfund que incluye los sitios más contaminantes, mientras el perclorato y el tricloroetileno se van filtrando en el agua potable, en los acuíferos y en el suelo.
Las pruebas nucleares realizadas en el suroeste de los EEUU y en las Islas del Pacífico han contaminado miles de acres de tierra y agua con radiación, en tanto los desechos de uranio dañan las reservas de los Navajos.
Los barriles de químicos y solventes herrumbrosos y millones de municiones son abandonados ilegalmente por el Pentágono en bases militares alrededor del mundo.
EEUU planea una enorme concentración de fuerzas militares, por 15 mil millones de dólares, en la isla Guam, en el Pacífico. El proyecto, que transformaría a la isla de 50 km de largo en un centro importante para las operaciones militares de EEUU en el Pacífico, se ha descrito como la concentración de fuerzas militares más grande de la historia más reciente y podría conllevar a la llegada de nada menos que a 50,000 personas a esa pequeña isla. El abogado de derechos civiles Julian Aguon, de la etnia chamoru –nativa de Guam–, advirtió que esta operación militar traerá a la isla consecuencias sociales y ambientales irreversibles. Como un territorio no incorporado, o colonia de EEUU, la gente no tiene derecho a la autodeterminación, ni posee ningún medio gubernamental para oponerse a una ocupación impopular y destructiva.
Ensayos nucleares del ejército de EEUU en las islas Bikini, Polinesia.


Entre 1946 y 1958, EEUU arrojó más de 60 armas nucleares sobre Islas Marshall. La cercana población chamoru de Guam, que además está en la dirección del viento, todavía experimenta alarmantes tasas de cáncer asociado.
En el Capitolio, las conversaciones se han limitado a decidir si los trabajos de construcción militar planificados deben otorgarse a estadounidenses del continente, a trabajadores extranjeros o a residentes de Guam. Pero raramente se escuchan las preocupaciones sobre los indígenas de Guam (la etnia chamoru), que constituyen más de un tercio de la población de la isla. Entretanto, como si el mundo ya no estuviera bastante contaminado por el ejército de EEUU, un nuevo plan estratégico quinquenal de la marina de guerra esboza la militarización del Ártico para defender la seguridad nacional, las riquezas submarinas potenciales y otros intereses marítimos, anticipándose a que el océano Ártico tendrá vías seguras de acceso y abrirá sus aguas hacia 2030. Este es un plan estratégico para las operaciones de ampliación de la flota, desarrollo de recursos, investigación, turismo, y posiblemente podría reformular de nuevo el transporte global.
Mientras el plan propone «asociaciones fuertes» con otras naciones (Canadá, Noruega, Dinamarca y Rusia, que también han hecho inversiones sustanciales en armamento militar apto para el Ártico), es muy evidente que EEUU se ha tomado en serio el aumento de su presencia militar y capacidad naval de combate. Además del rearme naval previsto, EEUU estacionó en Anchorage, Alaska, 36 aviones de combate F-22 Raptor stealth fighter (indetectables por radar), lo que constituye el 20% de su flota en este tipo de armamento. Algunos «Puntos de Acción» del documento Hoja de ruta (roadmap) Ártico de la Marina estadounidense incluyen:
● Evaluación de la capacidad actual y requerida para ejecutar guerra submarina, guerra expedicionaria, guerra relámpago, sistema de transportación estratégico y cooperación de seguridad regional.
● Evaluación de las amenazas actuales y pronosticadas para determinar las amenazas más peligrosas y probables en la región ártica en 2010, 2015 y 2025.
● Brindar atención a las amenazas para la seguridad nacional de EEUU, aunque también pueden considerarse las amenazas para la seguridad marítima. Detrás de la apariencia pública que ofrece la cooperación ártica internacional, Rob Heubert, director adjunto del Centro de Estudios Militares y Estratégicos de la Universidad de Calgary, señaló: «Si leen el documento cuidadosamente observarán un dualidad en el lenguaje, por una parte dicen: tenemos que comenzar a trabajar juntos… y por otra: tenemos que conseguir nueva instrumentación para nuestros oficiales de combate … Están entendiendo claramente que el futuro no es tan agradable como plantean todas las declaraciones de carácter público».
Más allá de las preocupaciones por los conflictos humanos en el Ártico, ni siquiera se están considerando las consecuencias de la militarización para el medio ambiente. Y, teniendo en cuenta los antecedentes de devastación ambiental que ha causado el ejército de EEUU, este silencio es inaceptable.


Por: Julian Aguon, Proyecto Censurado, Sara Flounders.
diarioecologia.com
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