9/27/2012
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“Agacharse, cubrirse y afirmarse”, ordena a un grupo de niños pequeños, Angie Farías, del programa de protección civil de la Oficina Nacional de Emergencias  (Onemi), cuando comienza a moverse con fuerza una vivienda en la que se simula la ocurrencia de un terremoto.


Al interior de sus cuatro pequeñas habitaciones, vasos, platos, floreros, sillas y mesas se mueven de lado a lado; los niños se agachan, cubren sus cabezas con sus manos y se afirman de donde pueden.

Algunos ríen, pero otros se ponen muy nerviosos, porque recuerdan lo que vivieron junto a sus familias la madrugada del 27 de febrero de 2010, cuando un sismo de 8.8 grados, seguido de un tsunami, sacudió el centro y sur de Chile, dejando 525 víctimas y daños por 30 millones de dólares  (18% del PIB).

“Los niños acá vienen a vivirlo, dimensionarlo en vivo, sobre todo con el simulador sísmico que les permite a algunos evocar o recordar lo que pasaron el 27 de febrero y cómo poder manejarse de mejor manera para enfrentar un siguiente terremoto”, explica Farías.

Cuando conocen, actúan con calma y saben qué hacer”, dice por su parte la profesora a cargo del curso, Alejandra Farías.


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