9/24/2012
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Sí, eran ciertas. Las leyendas que corrían durante la Guerra Fría sobre la existencia de bases supersecretas en lugares remotos de la URSS se confirman con una visita a la base de Balaklava, en Crimea, un lugar que no figura en ningún mapa de la época. Muchas de la fantasías que circulaban sobre ella se quedan pequeñas ante los datos objetivos que cualquiera puede observar al recorrer sus intrincadas gusaneras.

Durante los tiempos de la Guerra Fría, Balaklava no existía en los mapas y nadie podía acercarse al pueblo, a menos que dispusiera de un permiso especial. Todas las entradas y salidas estaban controladas por el ejército y la KGB, ya que se trataba de la más importante y secreta base de submarinos nucleares de la URSS. La entrada a la base se hallaba excavada en una de las paredes de la estrecha ensenada de Balaklava, una especie de fiordo en miniatura, cuya entrada es perfectamente invisible desde el mar, al estar oculta por un entrante rocoso que se superpone a la línea de la costa, obligando a navegar en zigzag.

Fue planeada en 1952, poco después de firmarse en la vecina Yalta el acuerdo que puso fin a la Segunda Guerra Mundial, y finalizada en 1961. Su interior era un mundo laberíntico de túneles y estancias, que incluía talleres, oficinas, depósitos de armas, incluso nucleares, tiendas, etc., en el que no sólo se escondían y reparaban docenas de submarinos, sino que también podía albergar y alimentar a 3.000 personas durante 30 días en caso de ataque nuclear.

La entrada estaba cubierta por un camuflaje gigantesco del color de la montaña que la hacía indistinguible desde el aire. Además, estaba bloqueada por una enorme puerta de acero que se deslizaba lateralmente para dar paso al submarino; tras lo cual, volvía a cerrarse herméticamente.

El canal, de hasta 22 metros de anchura y 8 de profundidad, se adentra 600 metros en la montaña. Las paredes del túnel están recubiertas de una capa de cemento de 5 metros de espesor, encima de la cual aún hay 125 metros de granito. Todo el complejo esta surcado por carreteras e incluso cuenta con un dique seco de más de 100 metros para la reparación de las naves.

Todo el complejo fue cerrado en 1966, tras lo que no quedó ni rastro de las enormes y complejas maquinarias que se usaban para los trabajos, ni de las bombas y torpedos almacenados entonces. Sólo sobreviven sus lóbregas galerías y el canal por el que navegaban lentamente los submarinos en sus entradas y salidas, siempre nocturnas. Hoy, ya bajo bandera ucraniana, todo el complejo se ha convertido en un museo, en el que se pueden apreciar múltiples detalles de asombrosa ingeniería militar.

La ensenada de Balaklava ya fue elegida por los ingleses para establecer su base militar durante la Guerra de Crimea, mucho antes, desde luego, de que la URSS decidiera construir allí su base de submarinos. Situada a apenas veinte kilómetros de Sebastopol, el rápido viaje por carretera tiene el aliciente añadido de que transcurre, en parte, por el valle donde tuvo lugar la desastrosa y archifamosa carga del Brigada Ligera británica que tanta tinta hizo correr en su día.

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